TESTIMONIOS DE ASISTENTES AL FESTIVALITO RUITOQUEÑO
LA VOZ MUSICAL DEL CACIQUE RUITOQUE
El maestro Octavio Marulanda Morales, folclorólogo y escritor reconocido en Colombia, miembro del Comité Técnico de Funmúsica y Director del Centro de Documentación Musical “Hernán Restrepo Duque”, fue el primer Invitado Especial al Festivalito y nos acompañó en el VI, con la anécdota en cuanto a que casi no llega pues se cruzó en el camino con Fernando Remolina quien lo iba a recoger al aeropuerto y por suerte, Fernando lo vió en las puertas de Villa Leo cuando ya se devolvía. Nos saludó, se sentó y no se volvió a parar hasta que se terminó. Partió a Ginebra, nos escribió y unos meses después falleció. Su nota ha sido el faro que nos ha iluminado el camino.
Como lo prometido es deuda ahí van algunas notas sobre el Festivalito de La Mesa de las Tempestades. Hay mucho que aprender de ustedes y lo digo no en función de elogio sino en razón de un impacto que se me fue hasta el mas hondo fondo del alma.
Como me prometieron enviarme las grabaciones en audio y video para el Centro de Documentación Musical, les prometo seguir escribiendo más cosas: así creo que les pago con creces las siguientes deudas:
- Una atención que se la sueñan los príncipes.
- La dicha de estar con ustedes.
- El placer de oir a esa otra Colombia, casi desconocida por aquí.
- Un paquete de “dos chuzos” que me regaló Fernando para curar la bostezadera.
- Un desayuno con “chismorreo” en el hotel.
- Una almorzada con “asado” en la finca de Manuel.
Un favor muy especial si les quiero pedir y es ver si es posible obtener un ejemplar del libro “Pueblos de Santander” con destino a la biblioteca del Centro de Documentación.
Un abrazo, Octavio Marulanda Morales
El solo hecho de entrar en contacto con la atmósfera de un escenario angosto, sin barandas, rodeado de árboles sin candilejas, sin lujos de ninguna clase, anuncia con sensaciones profundas, que el llamado “Festivalito Ruitoqueño” es una verdadera convocatoria a la autenticidad santandereana, porque no es el espacio físico y las luces lo que expresa su relieve, sino la suma de muchas cosas, que exigen cada una el debido análisis.
El primer impacto lo produce la “diferencia” con otros eventos regionales: ningún afán publicitario, ni forcejeo de méritos, ni banderas prestigiosas, simplemente allí se escucha es la música resultante de un deseo de participación, en un largo concierto destinado a llegar al corazón de la gente que está cerca y que se preocupa por entender a sus artistas.
No hay transmisión radial ni televisiva, es una intimidad que se aproxima a un ritual cuyos límites están dados por mandamientos religiosos.
Tal vez pueda hablarse de una gran velada donde se dan todas las calidades musicales, pero donde es indispensable la autenticidad sin imponer valoraciones teóricas. Cada cual pone en su voz o en su instrumento lo que tiene para dar, con emoción de entrega, con ese orgullo que distingue a quienes pueblan esas adorables breñas de Santander.
Y mirando a lo musical propiamente dicho, varios hechos es necesario destacar:
El más importante es la presencia de un tiple que no se encuentra en ningún otro lugar de Colombia, caracterizado por la afinación en tonos bajos para dar pie a una fantástica gama de jugueteos melódicos, cuando se trata de la interpretación “por punteo” o a un despliegue de timbres lustrosos y gratificantes cuando desempeña la función de acompañamiento. Durante el Festivalito Ruitoqueño de 1996 salieron al tablado tiples con diferente “personalidad, técnica y sabor”, que invitan a pensar en una nueva visión de ese instrumento en Colombia, puestos a sonar con virtuosismo escalofriante (Jairo Arenas, Adrián Manrique, Domingo López, Enrique Bohórquez, Orlando Serrano, para mencionar solo algunos).
La conjunción de un tiple “primero”, punteado bajo el imperio de una afinación que parece imposible, con uno que hace de “segundo” como soporte armónico, al lado de una guitarra, hace el trío típico de aquella región, en la cual la bandola, que tanta importancia muestra en otros lugares, no tiene mucho espacio. Durante el Festival solo se presentó un ejecutante de bandola, Fernando Remolina, con una excelente calidad interpretativa y bien definida vocación.
Y el requinto sigue allí, desempeñando un papel sustancial en la tradición regional asociado al tiple, dándole al torbellino, a la guabina y al bambuco ese acento profundo de raigambre indo-montañera, del cual hacen orgullosa expresión Los Cocomees.
El violín, que allí tiene una huella de varios siglos, sigue siendo parte importante del lenguaje instrumental en conjuntos que valoran su papel melódico y evocativo, permitiendo que sobrevivan en el repertorio viejas formas de hacer melodías, cuya permanencia depende fundamentalmente del recuerdo, mirando al horizonte de los ancestros. Parece ser que fue en Santander donde por primera vez el tiple y el violín se asociaron con un mejor resultado histórico que tiene huellas inolvidables en la autenticidad colombiana.
Varios duetos actuaron en el Festivalito, entre los cuales se destacaron “Los Hermanos López”, dueños de un estilo propio y muy conocidos ya en los medios musicales del país.
Y el canto “a capella” que ha tenido en Za-chia-ty su mejor entidad artística bajo la dirección de Andrés Páez hizo su trabajo de contraste académico a modo de reafirmación de honores alcanzados en el Concurso Mono Núñez en 1995.
Aquella libertad jubilosa para hacer música “como les da la gana” a los santandereanos, fue el mejor caldo de cultivo para que el grupo “Música para el pie izquierdo” mostrase con sabroso ingenio de inagotable creatividad el buen humor, la ironía y el deseo de hacer broma en la realidad cotidiana. Contrastes, tergiversaciones, caricaturas, brochazos picarescos, son ingredientes de un programa musical novedoso e inteligente.
En justicia deberíamos comentar el trabajo de cada uno de los veinte participantes, pero no tenemos espacio suficiente. Los méritos abundan, nadie se escapa para recibir el galardón que tiene para todos la gratitud santandereana.
Lo que se hace musicalmente en el Festival de “La mesa de las Tempestades” (nombre del lugar donde está situado el escenario) no llama a un planteamiento crítico porque es un evento singular que no busca competir con nada ni hacer imagen publicitaria; mas bien invita a reflexionar en el cambio que debemos adoptar para hacer que la música de la zona andina recupere su cotidianeidad, desarrollándose dentro de los parámetros que marca la voluntad de quienes la necesitan y de cierto modo la viven.
La Ley en Ruitoque es el amor por lo propio: ningún artista cobra por actuar, los organizadores son un voluntariado cultural de categoría y dinámica envidiables y las decisiones del jurado calificador, que debe decir quien fue el mejor de todos para entregarle una (única) sencilla placa como galardón, deliberan bajo un palo de mango que está a pocos metros del escenario.
Octavio Marulanda Morales, Ginebra, Valle, 25 de mayo de 1996
CARTA DE GUSTAVO ADOLFO RENJIFO
Cali, 27 de mayo de 2000
Para: Luis Carlos, Puno, Fernando, Manuel Enrique y Carlos Gabriel
Recordados amigos:
Todavía no me he bajado de la nube a la que ustedes me subieron, de manera que la áspera realidad apenas alcanza a vislumbrarse a través de la tela de afectos que el Festivalito y su acontecer interpusieron entre ella y yo.
No tengo palabras para agradecerles y, en unión con Carolina, quisiera poder expresarles nuestra gratitud por tanto cariño recibido de ustedes, cómplices y celestinos de canciones y de amores.
El Festivalito Ruitoqueño es un sueño en el que abrimos los ojos asombrados ante la certeza de que es posible la expresión libre de la creatividad en función del diálogo musical entre el público asistente y los músicos que tenemos la fortuna de participar.
El Festivalito propicia la comunicación sincera y sin barreras en la que la música, con su carga de afectos, es el medio y también el fin, confundiéndose con el logro de una utópica felicidad hecha posible.
No entiendo la música como un ejercicio aislado ni como una especulación de formas y sonidos desligados de la comunicación espiritual y física entre las personas. Y como ésta es una de las necesidades y derechos primordiales, el que ustedes propicien el espacio ideal para que dicha comunicación se realice, los hace dignos de la máxima gratitud, no solamente de quienes tenemos el privilegio de escuchar y vibrar dentro del mágico lugar de Villa Leo, sino de todos los que comparten los ideales de la música, la paz y la amistad, como identidad para nuestro país deseado.
El Festivalito Ruitoqueño lo tiene todo para hacer la más sabrosa e inolvidable fiesta: comenzando por el espacio físico de Villa Leo, con sus árboles y su vegetación, que proporciona el lugar habitable, verde y fresco. Las copas de los árboles nos acogen y abrigan, pero también aportan el recinto acústico, pues equilibran y retienen la música, que se refleja en el follaje, se acumula en los nidos y es memorizada por los pájaros que allí habitan y al día siguiente vuelan a dispersarla por las regiones circundantes.
La lámina de agua de la piscina aporta tranquilidad y sus reflejos, que dibujan nuestro rostro y el de los amigos, nos llevan a gritar por dentro “es verdad ¡estoy aquí!”.
La casa, con su corredor, nos invita a evocar los espacios cotidianos en donde la música de los instrumentos de cuerda tiene su entorno más propicio.
Los caminos sinuosos, bordeados de helechos, nos permiten pasearnos plácidamente y hacer estaciones en los kioscos donde suenan músicas diversas y retazos de piezas de los que ensayan o que no se conformaron con las tres piezas de la tarima y armaron allí otro pedacito de la misma fiesta.
Nada de camerinos encerrados ni oscuros pasadizos de cemento que con su ambiente lúgubre fomentan el nerviosismo previo al encuentro con el público, sino una ruta que alienta la ansiedad amorosa de cantar y dar lo mejor al llegar al escenario, desde donde compartimos con los habitantes de una casa amplia y de puertas abiertas, que nos reciben con emoción y sonrisas, pues están dispuestos a dejarse invadir por el mensaje del artista y no a medirlo ni a juzgarlo.
Pero hay un factor clave para que ese ambiente aflore y se torne al aire: ¡los animadores! Lejos del acartonamiento y el formalismo falso, lejos del lenguaje y actitud ceremoniosa, y en cambio muy cerca del alma, acercan a los asistentes y a los artistas mediante un discurso coloquial y voz sincera y nos hacen sentir que estamos en nuestro propio territorio, donde tenemos un espacio natural para expresarnos. Con sus apuntes geniales y su gracia santandereana, evitan que la solemnidad invada el ambiente y con su rigidez cadavérica acabe con el espíritu de la fiesta. Hay que recordar que los colombianos andinos tenemos una tendencia terrible a la ceremonia, pero por fortuna el humor santandereano se pasea a toda hora por el Festivalito, y con su capacidad de reírse de sí mismos, van espantando los fantasmas y mantienen así despierto el ánimo hasta que nos sorprende la mañana.
Quiero cada año volver al Festivalito y gozarme la vida en compañía de ustedes y decirlo cantando y rascándole las cuerdas al tiple.
Quiero darles las gracias por siempre por su generosa acogida y por la honrosa invitación que me hicieron.
Quiero volver para celebrarnos en vida y con el humo del asado, evocar los sacrificios sagrados en honor a los dioses de la parranda y con el aroma del aguardiente, mezclado con los perfumes del aire de la Mesa de las Tempestades, complementar el goce total de los sentidos y de la amistad, que es el máximo regalo de la vida.
Un abrazo para cada uno de ustedes, Gustavo Adolfo Renjifo
Gustavo Adolfo Renjifo – Cali, 2000
NUEVE AÑOS DE SUEÑOS
Nueve años hace ya de cuando unos mosqueteros criollos, que así podríamos llamarlos, tuvieron la feliz idea de arriesgarse a cometer una locura, a volver realidad un sueño, a contrariar la rutina, a incursionar con la inmortalidad.
Como meta primordial, se dieron a la nobilísima tarea de regalar a la comarca una más de esas oportunidades para acriciar la vida con toques de poesía y declaraciones de amistad y ternura. Fue así como nació, entre chiste y danza, el FESTIVALITO RUITOQUEÑO DE MÚSICA COLOMBIANA.
De tan inocente hazaña, ya han pasado nueve años , participando uno a uno los artistas de nuestra tierra en alucinante desfile, donde con su corazón en la mano, comparten con un especialísimo público la dicha de reír y cantar en compañía. De estos años, ya nos queda una valiosa herencia de la cual este fonograma es nuevo testimonio, suficiente para señalar que no se equivocaron, que su locura era cosa muy seria.
Disfrutemos de esta bella música y confiemos en ella la esperanza de una patria mejor.
José Iván Hurtado Hidalgo – 1999
Gracias por permitirme estar en este festival tan hermoso que ustedes tienen y que tenemos nosotros los colombianos. Quien viene aquí siente el Festivalito como suyo. Que Dios conserve mucho este encuentro.
Martha Elena Hoyos – Armenia – 2000
Creo que Colombia sigue siendo grande porque sabemos sostenerla con paciencia, con amor, con Dios, con la ternura del tiple, de la guitarra, en la magia de un festival, de una convocatoria para cantarle a Colombia: ¡Exijo que volvamos a venir al Festivalito!
Germán Hernández Rueda – Bogotá 2000– Camerata Colombiana
El Festivalito Ruitoqueño ha adquirido la identidad propia y la importancia que le ha permitido posicionarse como la más auténtica expresión de la cultura musical de nuestra región. Es un muy valioso aporte, por medio de la música, de verdaderos espacios de reflexión que necesariamente deben sensibilizar los espíritus y crear verdaderos actos de reconciliación entre los colombianos .
Henry Ramírez León – 2001
El ambiente amistoso, siempre presente, en el cual las personas hacen dejación de sus sentimientos agresivos, es lo primero que uno experimenta. Siempre hay quien ofrezca una silla y un saludo amable.
Lo que sea, crea como una burbuja en la que uno entra y se olvida de todos los problemas y empieza a pensar que la paz es posible, que los tiples pueden hacer más bulla que las bombas y que los campesinos pueden volver a su tierra a cantarle a sus riachuelos y a sus noches estrelladas.
Beatriz Helena Mejía Londoño – 2001 – Columnista Vanguardia Liberal
Más que el desarrollo, la humanización de un pueblo se mide por su cultura, por medio de la cual habla el corazón de su gente. Por esta razón el Festivalito Ruitoqueño es parte de nuestra vida.
José Vicente Villamizar Durán – 2002 Gerente Electrificadora de Santander
Las ciudades comienzan a serlo cuando sus hombres ensartan esfuerzos, propósitos, recuerdos y tradiciones para edificar con ellos el futuro. Hoy la nuestra, esa ciudad donde nacimos, crece en desorden, a los empujones, pariendo enfados para quienes ser bumangués es tan importante como vivir y anhelar un mañana.
Como el paisaje citadino muta día a día, los bumangueses amasamos la añoranza de ese entonces, cuando nuestro terruño era un poblado grande, grato, terso cual los remansos, tranquilo cual los amaneceres. Por eso debe impedirse que lo hecho no se deslíe.
Hace varios años, cuando el desorden del crecimiento aumentaba, un puñado de bumangueses, de esos que labraron su destino en medio del pandemónium de los años 60 y 70, cualquier tarde, en una banca de parque, mientras los arropaba el canto de las cigarras, en el mismo instante en que el sol maquillaba las nubes del atardecer para que todo fuera casi rojo bermejo sobre Palonegro, crearon de la nada uno de los más hermosos espectáculos de la Bucaramanga de hoy: el Festivalito Ruitoqueño.
El Festivalito es como esas maratones de baile de las que nos hablaban cuando éramos niños. Dura tres días con sus noches, sin parar ni dormir. Pero en él nadie baila; todo es un ceremonial para que entre los árboles se enreden bambucos, guabinas, pasillos y torbellinos que, rasgados por tiples y bandolas, se queden allí, adornando la vida, para que nuestros riscos logren el milagro de vivir un año más.
Así, cada año, durante tres días, los bumangueses vamos a la “Mesa de Las Tempestades” a reconciliarnos con la vida, a reencontrarnos con los aires de nuestra tierra, a ser lo que más nos gusta, ser bumangueses, ser parte del paisaje de estas breñas donde un día nuestros mayores decidieron vivir, hacer un hogar y tejer el mañana con seres similares a ellos, para entre todos lograr un futuro común y permitir que el perfil del santandereano fuera lo que es hoy: el anhelo de vivir su tierra, su música y sus tradiciones.
Eduardo Muñoz Serpa – 2003 Abogado, columnista de Vanguardia Liberal
Desde Bogotá.
Llegamos a Bogotá ayer con un enorme sentimiento de gratitud por haber participado en el Festivalito. Lo tenemos vivito en la piel todavía. ¡Gracias por invitarnos a ese abrazo colectivo y a ese canto a la vida! Fue la música compartida y sin concurso la que convocó a artistas, público y organizadores. Gracias también por el privilegio de hacernos parte de un tácito colegaje que, por diverso, puede turnar la voz de la música en sus distintos tonos, voces, trinos y modelos. Gracias a ustedes por garantizar cada año un espacio para que esa diversidad se exprese. El aplauso se extiende hasta ahora.
Con la grata sensación que nos dejaron esos días con ustedes, y desde nuestros oídos y corazones gratificados, queremos decirles lo agradecidos y complacidos que nos sentimos.
Después de sentir la enorme calidad de todos los grupos que pudimos oír y que, como nosotros, reservan dentro de su vida un espacio importante para la música y su celebración, estamos seguros de que la vitalidad alcanzará la intención en forma suficiente para seguir enlazando voces, vientos y cuerdas en nombre y a nombre de la armonía de la vida misma.
Pudimos sentir la urdimbre amorosa con que los organizadores tejen este proyecto, la receptividad generosa de ese público que con su cálido silencio se hacía cómplice del canto natural de la lluvia para oír lo que siempre habrá que contar y cantar.
Gracias por esta convocatoria, por la calidad de los convocados, por la atmósfera de sencillez que nos acogió, por los abrazos de bienvenida, por el amor y el humor, y por el modo feliz como se callan las armas cada vez que alguien en forma visceral canta o escucha.
Un abrazo “apretao”.
Sylvia Cuéllar Serrano y Manuel Leguízamo Parra, Bogotá 27 de mayo de 2004
(Dueto Sylvia y Manuel)
Desde Pamplona, Norte de Santander.
Llegado desde Ruitoque, entré a Pamplona con una nueva piel hecha ahora de música y de sedosas melodías envolviendo los sueños.
Traje en la memoria toda la libertad que construye la música. El aire suave de los ritmos andinos, mezclado con el viento de la noche, se hizo himno en el corazón, y entonces una bandera de identidad colombiana emergió en los sentidos y ondea aún sobre la cima de los más afortunados recuerdos.
Todos los momentos del Festivalito son especiales, desde el primer acorde hasta el final, desde el abrazo de bienvenida hasta la despedida, esa que hace que en nuestra razón y en nuestros sentidos fabrique para ustedes un sincero mensaje de gratitud por siempre.
La presentación fue para nosotros casi de antología, más que en lo musical, en lo humano, en el calor, en el tibio silencio de la escucha, el agrado por el reconocimiento y el premio de aplausos como estrella en lluvia.
En estos días hemos notado que la pródiga humedad del suelo de Villa Leo nos ha hecho también árboles frutecidos. Hemos sentido que la luna ha dejado en nuestros pechos la clara huella de la sensibilidad. La vida nos ha regalado el espacio y el tiempo para convertirnos en ciudadanos del país de la música que será para nosotros en adelante la patria de Ruitoque con su “ Festivalito Ruitoqueño de la canción”.
Los dioses los asistan siempre y a nosotros nos concedan la dádiva de llegar una y otra vez a ese puerto fundado de luceros, alas, sueños y realidades construídas a golpe de tiples, de voces, guitarras, flautas, pianos, requintos, percusiones y demás útiles que como en la vieja escuela nos gana repetir una vez más “quien fuera niño para siempre”.
Carlos Luis Ibáñez Torres, Pamplona, 16 de mayo de 2005. Integrante de la Rondalla de la Universidad de Pamplona.
Ad Libitum
EL FESTIVALITO RUITOQUEÑO, RITUAL ENCUENTRO DE AMIGOS
Hace quince años, un grupo de Quijotes, valientes, ilusos y utópicos, como todos los Quijotes que en el mundo han sido, dio con la idea de instaurar un nuevo ritual estético y amoroso, destinado al regusto con el arte y con la amistad: el Festivalito Ruitoqueño de Música Colombiana. En un principio, tres mosqueteros: Carlos Gabriel Acevedo, amable anfitrión en su finca de recreo, Manuel Rey, soñador e inquieto dilettante, y Luis Carlos Villamizar, ejecutivo de probada destreza, insuperable en el manejo de la elegancia y bohemio irredento aunque muy bien disimulado.
El pretexto: ninguno mejor, la música. Y el elemento de seducción, la exaltación de los afectos. Un cóctel embriagador en el que se mezclan el ritmo y la cadencia melódica de bambucos, cumbias, joropos, vallenatos y currulaos, con los recuerdos nostálgicos de los, para siempre, ausentes o de aquellos cuya presencia es imposible por la distancia, con los abrazos cálidos entre amigos reencontrados y con amistades recién editadas. Niños, jóvenes y no tan jóvenes, y también los hombres y mujeres tan ricos en años como en experiencias, sienten el palpitar firme de sus corazones al ritmo de la música y al amparo de una generosa naturaleza en el onírico paraje de las Tempestades. Lo que en un principio nació como divertimento, maduró hasta elevarse a la categoría de uno de los más exigentes y refinados escenarios para el arte musical en Colombia. Al mismo tiempo, sirviendo como escenario para el desfile de buena música y de sus diestros intérpretes, el Festivalito Ruitoqueño funge como plataforma de proyección de la música tradicional colombiana, reeditando viejas glorias y ofreciendo la opción de lanzamiento a nuevas expresiones y nuevos artistas. El folklore, por otra parte, encuentra de nuevo su querencia en varios miles de almas que año tras año comparecen en la Hacienda Villa Leo, durante tres días con sus maravillosas y húmedas noches, que invitan al romance y a la ternura.
Tiempo después, a los tres intrépidos gestores de la idea, se unieron Puno Ardila Amaya, maestro de la palabra y arcabucero de humoradas, y Fernando Remolina Chaparro, con su reserva de arte incubado por el paso de los años y en el fermento aromoso de largas noches de bohemia, y ambos, con el derroche de sus incuestionables habilidades musicales en el caso del segundo y literarias en el del primero de los nombrados aquí. Conocimos de primera mano los logros iniciáticos, cuando pensando en el distante e inalcanzable modelo que es y por entonces lo era aún más, el Festival Mono Núñez en el centro del tórrido Valle del Cauca, Rey, Acevedo y Villamizar concibieron la locura de intentar algo parecido entre nosotros. No fue fácil, pero fue una tarea feliz, y sigue siéndolo.
Desde un principio se estableció el formato no competitivo, para descartar los lances ingratos por cuenta del ímpetu de la competencia, y se optó por la modalidad del desfile de artistas con intención de proyección, si bien a partir de parámetros de excelencia que se han afirmado con el tiempo como referentes ineludibles. Lugar muy destacado y tiempo de privilegio han merecido la obra y las personas de los artistas que han dedicado toda su vida al cultivo y engrandecimiento de la música, y con ella, de la fraternidad y de la colombianidad.
Sin duda, el hecho de que sea la música colombiana de todas las vertientes, procedencias y épocas, el motivo conductor, convierte al Festivalito, a despecho quizá, de sus creadores, en un escenario de trascendencia para el arte musical, y para el desarrollo de nuevas ideas que impulsan la evolución natural de las corrientes estéticas. El Festivalito ha tenido buen cuidado en procurar la variedad de estilos, así como la visualización y rescate de venerables tradiciones folclóricas y vernáculas. Desde su plataforma han encontrado soporte y horizonte los artistas regionales que asumen el reto de competir en otros certámenes nacionales e internacionales, y en ella misma han encontrado lugar para el aplauso afectuoso y respetuoso los venerables portadores de la quinta esencia de nuestra esencia nacional e indiana.
Dos nombres de artistas lugareños, desaparecidos del mundo de la realidad, María Victoria Prieto y Gonzalo Ruiz Valdivieso, han prestado sus nombres para que, en su memoria, se exalten las creaciones y los atributos personales de otros tantos artistas nuestros, de Santander, y de aquellos que por sus merecimientos son invitados desde otras regiones de Colombia. De esta manera no solamente se perpetúa el arte de estos dos amigos que partieron muy temprano, sino que, al mismo tiempo se promueve y se otorga reconocimiento a quienes con su ejemplo ayudan a construir la patria que para todos queremos, firme en su identidad cultural y libre de toda impostura y condicionamientos.
Destacadas figuras de la música colombiana, procedentes de diversas regiones, han comparecido en el escenario de la Mesa de las Tempestades y reconocido en él un hecho alejado de todo convencionalismo; un ritual intenso y vívido, en el cual la vibración poderosa de las tamboras, el timbre acariciador de los tiples y el tenso canto de las bandolas, el hálito armonioso de las flautas y de las zampoñas, y el canto poético de hombres y mujeres, abrasa y abraza los corazones en un apretado manojo de emociones haciendo surgir de él, como un raudal de colores, nuevos y viejos bambucos, bullerengues, porros y canciones. Un caldero de tibio cocimiento del alma nacional, que exhala perfumes de tierra recién abierta a la fertilidad, y despide fragancias de amoroso embrujo, del cual es imposible desprenderse. Por ello, todos los que alguna vez llegamos a la primera cita, persistimos en el tiempo como peregrinos, año tras año, para recibir ese reconfortante masaje cardiaco a ritmo de guabina y torbellino.
Muchas veces se ha indagado sobre qué podría suprimirse para hacer que la experiencia fuese mejor. He aquí una respuesta un tanto al desgaire: tan sólo la prevención gratuita y el ademán intolerante. Propios y extraños disfrutan tanto la música como su circunstancia, sin parar en mientes por las reales incomodidades que la lluvia pueda traer de vez en cuando. Semejante privilegio bien que vale dejarse lavar por el chaparrón, que refresca y alegra.
En cambio, vale la pena destacar aquellos factores esenciales, de los cuales depende el éxito hasta hoy alcanzado:
·Sin duda y en primerísimo lugar, la música colombiana, con su paleta irisada de ritmos, texturas y versos, interpretada en vivo y muy cerca del auditorio.
El paisaje que si bien en la noche apenas se insinúa, invade las almas y hace eco de la canción en el infinito.
La mágica pócima de la amistad de hermanos en la música, que vence las barreras de la genética misma y las mucho más artificiales de la conducta humana.
El trabajo refinado y perfeccionista, de la selección previa de los artistas invitados, de entre miles que espontáneamente desean hacer presencia en la cita.
La posibilidad para aquellos que espontáneamente se aventuran en los vericuetos de la canción y del arte de tañer los instrumentos, respaldados por el aplauso y el afecto de amigos y parientes.
Las excelentes condiciones técnicas para escuchar la música, gracias a un refinado manejo de los instrumentos de la técnica del sonido amplificado.
La sobriedad y el buen humor que acompañan la entrega de reconocimientos, que no de premios obtenidos por competencia, sino por verificación pública de la vocación de artistas.
La magia de la noche, con sus complicidades y penumbras, que propician el amor e inspiran los corazones.
La audiencia, parodiando a Zalamea, crece año tras año, y siempre la experiencia es gratificante. Los artistas que desfilan, vuelven a sus hogares colmados de aplausos y pletóricos de afectos nuevos y reeditados. Y todos los demás, los asistentes y aquellos que no lo hayan podido hacer, pueden escuchar al menos los registros fonográficos que los organizadores han tenido buen cuidado de coleccionar y difundir, y que constituyen el testimonio fehaciente para la historia, de un ritual que cumplidos sus primeros quince años, insinúa perdurar por muchos años más.
Resta decir que, como suele suceder en nuestro medio, la iniciativa espontánea de los ciudadanos de paz y de buen vivir, ha vencido las inercias burocráticas y ha reemplazado con creces las casi inexistentes acciones de respaldo de los organismos que tienen en sus manos la responsabilidad por velar por la cultura como substrato insustituible para el logro y soporte de la tan elusiva paz de las almas. Y es de esperarse que, este esfuerzo generoso reciba el respaldo no sólo de los organismos encargados de proveerlo por mandato soberano del pueblo, sino también, y por igual razón, de todos aquellos que sientan como propia la responsabilidad de velar por la preservación de nuestros valores de identidad cultural.
El mejor apoyo a estos eventos, sin duda es el representado por la voluntad inquebrantable de guardar lo propio. Sin este requisito cualquier otro elemento de apoyo suele ser inocuo. Si bien, el dinero -que no abunda para la cultura- resulta ser tan necesario y casi imprescindible, no es menos cierto que lo esencial es el cultivo paciente y persistente del arte desde la cuna, y las ganas de poseer identidad propia.
Hasta hoy, las circunstancias han sido propicias, y los medios de comunicación han captado y ampliado el mensaje de paz y nacionalidad que desde las tierras santandereanas se echó al vuelo desde hace quince años. El futuro está en nuestras manos.
José Iván Hurtado Hidalgo, Bucaramanga, junio de 2005
Ingeniero Mecánico – Profesor UIS – Miembro del Comité Técnico del Festival Mono Núñez